LAS VEGAS, EL JUEGO Y EL COMPORTAMIENTO HUMANO

 

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Hace unos días se celebró en Las Vegas una importante feria tecnológica dedicada a Digital Signage. Como no podía ser de otra manera, uno de los miembros del equipo viajó hasta allá para asistir a la feria con el objeto de mantenernos al día en este campo, aumentar nuestra base de contactos, asistir a los diferentes cursos de formación y…cómo no, disfrutar de la “noche de Las Vegas” (esto no estaba en el brief del viaje, pero hay que aprovechar!)

El lunes, a su vuelta y una vez realizado el correspondiente debrief profesional (bueno, en realidad no es cierto; en realidad todos le preguntamos primero por la “noche de Las Vegas”) nos hizo un par de comentarios con respecto a su experiencia en el casino (nota para el que no haya estado de Las Vegas: en todos los hoteles la planta baja es un casino; es imposible ir a LV y no pasar por un casino). Esto fue lo que dijo, casi textualmente:

a) “Aparté 100 dólares para jugármelos”

b) “En algún momento de la noche llevaba ganados 400 dólares pero al final perdí todo”

Nunca nadie dijo tanto en un par de frases. Analicemos:

Según la teoría económica clásica, el dinero es un bien fungible, es decir, vale lo mismo independientemente de su localización (dejando de lado potenciales costes de transacción). El dinero “apartado” para jugarlo en la ruleta vale exactamente lo mismo que el resto del dinero que llevemos en la cartera e incluso lo mismo que el que tengamos en la cuenta corriente, que está a golpe de cajero y que, con unos costes de transacción casi nulos, se puede considerar tan líquido como los billetes que llevemos en la cartera.

¿Qué es lo que dice la realidad y el comportamiento humano? Que manejamos nuestro dinero siguiendo una lógica de “compartimentos estancos”. Todos tenemos el cajón de las vacaciones, el cajón de los gastos corrientes divididos por capítulos (consumos, alquiler/hipoteca, comida…) y consideramos estos cajones de forma aislada de manera que generalmente ahorros de un cajón no pasan a formar parte de otro cajón y generalmente, excesos en un cajón no suelen suponer contención del gasto en otro cajón. El estudio de Hastings y Shapiro que tenéis como descargable al final del post demuestra este hecho a partir del comportamiento del consumidor en sus compras de gasolina: ante bajadas apreciables del precio de la gasolina, el consumidor no reaccionaba como la teoría económica predice (“si está más barata, usare más el coche o bien dedicaré los ahorros de este capítulo a otros usos”) sino de una forma muy distinta: manteniendo constante el gasto en el capítulo “gasolina” y pasando a comprar la gasolina premium vs la estándar. Curioso.

El comportamiento de “apartar 100$ para el casino” podríamos decir que no es racional desde la óptica de la teoría económica, pero sí humano (casi todos los que hemos pisado un casino hemos hecho algo por el estilo). Y este comportamiento no sólo se da en los individuos sino también en las empresas. Como medida de contención del gasto y de agilidad en la aprobación de los gastos corrientes que sabemos se van a producir a lo largo del año, todas las empresas funcionan bajo un presupuesto aprobado de acuerdo con una serie de premisas y más de uno nos hemos visto en la ridícula situación en la que hay dinero disponible en un “cajón” del que no podemos disponer para cubrir las carencias en otro “cajón”. En el último libro de Richard H. Thaler hay un capítulo muy interesante sobre este tema.

En cuanto a la segunda observación de nuestro colega (“llevaba ganados 400 dólares pero finalmente perdí todo”) es otro de los ejemplos que echan por tierra la teoría de que el dinero tiene el mismo valor independientemente de dónde venga o de dónde esté. En el caso particular del juego, el individuo no asigna el mismo valor al dinero “ganado” que al “traído de casa”. Lo normal hubiera sido que, habiendo “traído de casa” 100$ y llevando ganados 400$ (una rentabilidad difícil de obtener por medios legales…), nuestro colega se hubiera retirado a dormir…pero la realidad es que el dinero de las ganancias no se considera dinero “real” sino dinero “del casino” que duele mucho menos perder y que por tanto, de la misma manera que viene…se va.

Moraleja 1: cuando se trata de dinero y de decisiones ligadas a su uso, no somos tan racionales como la teoría económica supone. Vigilemos nuestros comportamientos y tratemos de racionalizar su uso.

Moraleja 2: si pisáis un casino, “apartad” algo de dinero (forma inteligente de tratar de contener el gasto) y si en algún momento vais ganando (cosa poco probable), salid corriendo. Es la mejor medida.

Premium Gasoline de Hastings y Shapiro

Foto de wikimedia commons

TOROS Y TEORÍA ECONÓMICA

Hace unos días cenaba con unos amigos en uno de los sitios de moda del DF y estuvimos comentando los espectaculares precios que estaban alcanzando en la reventa las entradas para ver la corrida de José Tomás en la Monumental de México que se celebraba ese fin de semana.

De las siete personas que estábamos en la cena, tres de ellas (abogados de un reconocido despacho, gente inteligente, vaya…) tenían entradas para la corrida compradas con meses de antelación por, aproximadamente, unos 100 euros; esas entradas en reventa costaban hoy 1.500 euros. Curiosamente ninguno de los tres consideraba que el coste de las entradas era de 1.500 euros sino de 100; y ninguno de ellos barajaba la posibilidad de vender su entrada obteniendo una rentabilidad de 1400%. Los tres estaban felices de poder ir a un evento de 1.500 euros habiendo “gastado” sólo 100 cuando en realidad lo que gastaban eran 1.500 (o lo que dejaban de ingresar eran 1.400, mirándolo desde otra óptica).

La teoría económica dice que los “agentes” (los individuos) toman decisiones orientadas a la maximización de su “utilidad” (riqueza o placer). En este sentido, y considerando que la “utilidad” podría consistir en el placer de poder ver a José Tomas, llego a entender la decisión de uno de ellos, sevillano (de Triana para más señas, no un sevillano cualquiera…) y un fan declarado de los toros, pero no de los otros dos que no habían ido a los toros en su vida  y que simplemente iban “por ir a los toros alguna vez y a la Monumental de México” (para el que no lo sepa, la plaza de toros más grande del mundo).

Y digo yo, ¿económicamente no hubiera sido mejor decisión revender las entradas, obtener una rentabilidad impensable hoy día y comprar otras para otro día a un precio “normal”? ¿Qué les hizo no tomar esta decisión? Vaya por delante que nada tiene que ver que esas tres personas fueran “de letras” y no fueran expertas en economía, sino más bien con el hecho de que, en la práctica, los “agentes” no son tan racionales como la teoría económica considera. Y sí, es verdad que el acceso al mercado “informal” de la reventa puede resultar incómodo y hasta peligroso, pero la razón de su decisión no era esa incomodidad de hacer líquidas las entradas sino otra bien distinta.

Este tipo de “fallos” de la teoría económica clásica son los que hoy día se engloban bajo una disciplina conocida como “behavioral economics” de la que ya he escrito algunas entradas en este blog (para los interesados, tenéis este tema en la nube de contenidos) y que trata de demostrar cómo nuestras decisiones como consumidores y como “agentes” no son tan puras o fáciles de predecir como dice la teoría económica.

En el caso descrito aquí, la teoría económica dice que el individuo debería ser capaz de analizar el coste de oportunidad y decidir cuál es la mejor alternativa para hacer uso de esos 1.500 euros. ¿La realidad? No somos capaces. Resulta imposible poder comparar la opción actual de ir a los toros con las n opciones en las que podría usar ese dinero. Con suerte, seremos capaces de barajar una o dos alternativas (vendo la entrada y veo la corrida por la televisión, por ejemplo) pero la mayor parte de las veces no sólo no seremos capaces de barajar alternativas, sino que nos resultará casi imposible darnos cuenta de la existencia de ese coste de oportunidad.

Algo sobre lo que reflexionar, sin duda…